miércoles, 29 de noviembre de 2006

De "mirón" en Calighat.

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Desde que llegué a Calcuta me ha sorprendido mucho la cantidad de gente que se ha venido hasta aquí para pasar varios meses como voluntarios en alguno de los centros de la Madre Teresa, así que, en parte por interés personal y en parte por motivaciones pseudo-periodísticas de investigación he decidido pasar un día con ellos. ¿Quién sabe?, lo mismo descubro una vocación altruista inesperada dentro de mi personalidad práctica y egoísta, aunque la verdad, lo dudo mucho. O quizás enciendo en alguno de los que me lean las ganas de venirse para acá.

Los que me conocen saben que cuando me embarco en algún nuevo proyecto tiendo a ser "digital", cero o uno, todo o nada, así que si hoy voy en plan voluntario abnegado me comeré el pack completo: comenzando con una misa en la Mother House a las seis de la mañana (al más puro estilo de los reportajes "sombra" de Juan José Millás).

Estoy todavía algo desorientado, el estar en un país tan diferente, con unas costumbres tan alejadas de las mías hace que el jet-lag se alargue durante varios días. Y el hecho de llegar a Calcuta sin dormir en dos días forzó que al siguiente durmiera hasta bien entrada la tarde y arrastro pequeños desequilibrios de sueño. El caso es que esta noche estaba completamente desvelado y entre que me acosté tarde, que no podía dormir y que tenía que levantarme temprano, al final no dormí ni una hora entera. Pero no estaba cansado, supongo que por la curiosidad de descubrir lo que me esperaba al día siguiente.

Salgo a la calle a las seis menos cuarto de la mañana y flipo: desde que llegué, Sudder Street había sido para mí sinónimo de caos y ruido, taxis, rickshaws y muchísima gente en la calle, comiendo, lavándose, cargando fardos enormes en la cabeza...ahora parece otra, está completamente en silencio (excepto los putos cuervos, claro), no hay ni un alma, ni un coche, todos los chiringuitos y tiendas cerrados, parece más grande incluso. Sólo por haber visto esta calle dormida ya ha merecido la pena el madrugón.

La misa un poco como todas (que me perdonen el cinismo agnóstico aquellas personas religiosas que me lean), peroratas interminables sobre hacer el bien, monjas cantarinas (voces muy bonitas, la verdad) y un cura muy gracioso pero un poco pesado lanzando un sermón menos apocalíptico de lo que imaginaba entrecortado por el ruido de una Calcuta que ya se va despertando. La Mother House da justo a una carretera de tres carriles en cada sentido (o quizá son sólo dos, pero los indios hacen milagros conduciendo) y el tranvía hace un ruido metálico horroroso, que hace que el cura tenga que esperar a que haya pasado para poder seguir hablando. Lo único que me gustó es que la misa fué en una habitación muy humilde, sin los dorados o las fastuosas decoraciones a las que nos tienen acostumbrados en las iglesias occidentales que siempre me han parecido una contradición, la verdad.

Tras la misa, desayuno para todos los voluntarios y la sala se llena completamente, no sé si la mayoría no son religiosos o si sencillamente prefieren dormir una hora más y no tener que soportar la misa, pero el caso es que la mayoría se la han saltado y han ido al desayuno directamente.

Tras el desayuno cada uno se va a su centro y yo me uno a unos españoles que iban a Calighat, el centro de los enfermos terminales. Allí tanto los enfermos como los voluntarios están separados, hombres por un lado y mujeres en el otro. Nada más llegar se les reparte el desayuno y se les recogen los cacharros cuando han terminado. Hay unos sesenta hombres y la verdad es que me resulta menos duro de lo que imaginaba. La verdad es que pensaba que iba a tener más aprensión pero están tan delgados y frágiles que inspiran instintivamente una ternura infinita. Aún así, soy consciente de mis limitaciones personales y cuando llega la hora de lavarlos me voy con el grupo de la lavandería (hay que ser coherente en esta vida, y lo que no haría en España tampoco tiene sentido venir a hacerlo a India). Un par de horas pasan volando entre que fregamos los cacharros, lavamos la ropa, la escurrimos y la subimos a secar a los tejados del edificio. A las 10.00 descanso para tomar otro desayuno y a recoger la ropa, que con la solana que está cayendo ya está completamente seca.



Las fotos son del tejado, con el Cali Temple al fondo y el resto panorámicas desde la terraza de Calighat.

Antes de las doce ya hemos terminado ya la verdad es que me siento satisfecho. Quizá mi ayuda es muy pequeña pero me he sentido útil, como aportando un pequeño grano de arena. Creo que podría entender porqué la gente que se siente desubicada en la locura de la sociedad de consumo occidental se puede enganchar a esto. Simplificar nuestra rutina: el reconocimiento de las monjas y en la mirada de los enfermos a una labor altruista unido a la satisfacción que da realizar un trabajo físico (sencillo pero cansado) puede aportarles un sentido a sus vidas.

Puede que mi mirada sea un tan superficial; no quiero olvidarme de que también puede haber gente que desde una motivación profunda y sincera venga aquí para darse a los demás de una manera completamente desinteresada, pero esa gente me interesa menos desde un punto de vista sociológico o antropológico incluso. Tienen su fé inquebrantable y los caminos del Señor son inexcrutables y ya está. Me interesa más conocer las motivaciones de gente más cercana a mí. Sin un sentimiento religioso y con los defectos que creo que tenemos ya la mayoría que vivimos en una sociedad de comida rápida: somos egoistas por naturaleza excepto con nuestro círculo más próximo, exigentes, ambiciosos y aburguesados. Y sin embargo algunos de ellos, malcriados por las comodidades occidentales, de repente lo dejan todo y se vienen a la India. De verdad que me parece mentira.

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